Miseria:
Tomo una bocanada de aire e inicio un recital de palabras agudas, punzantes, filosas, impregnadas de venenos diversos, sofisticados. Se distingue sobre las ropas de mi interlocutora el agitado latir de un corazón a punto de romperse. Mientras tanto, se podían apreciar destellos brillantes descendiendo por sus mejillas.
Más que de una batalla íntima, se trató de una guerra sin cuartel, en la que mi adversario recibió todo el peso de mi artillería sin moverse un centímetro, sin un solo quejido. No hubo palabra alguna, no hubo respuesta.
Ella desapareció aquel día sin dejar rastro, y al llegar la noche, el único cuerpo sin vida, resto del inefable encuentro, era el mío. Yo había perdido la batalla, la había perdido.

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