Le comentaba yo, mientras me miraba con un aire de duda, que a mi parecer el deseo fragilizaba el alma, ya que nos sometía a la búsqueda incesante de satisfacción, además de sacarnos del momento existencial, o sea de ese instante en el que realmente estamos presentes, vivos, para llevarnos a un tiempo inexistente en el que no controlamos nada. A todo esto, añadí que la pasión, por el contrario, sería el rey, el alma de la fiesta, de esta fiesta que es la vida y que es el único regalo que poseemos.
Quiero decir, que si la vida fuese patinar, la pasión sería las ruedas con las que se desplaza.
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